La casa se sentía diferente cuando entramos.
No más silenciosa —porque Willow y Ella ya estaban en la sala— sino más pesada, como si las paredes contuvieran la respiración. El familiar aroma a madera pulida y velas caras me invadió de inmediato, contrastando dolorosamente con el olor estéril del hospital que aún impregnaba mi ropa.
Alice se movió en mis brazos, con la cabeza apoyada bajo mi barbilla, cálida pero ya sin arder. El alivio de ese pequeño respiro se apoderó de mí, frágil y precioso.