No había visto a Ace por la casa en todo el día. En realidad, no. O sea, había estado por aquí, moviéndose como un fantasma por las habitaciones que antes asociaba con él, pero apenas me había dirigido la atención. Apenas me había mirado. Era como si me hubieran transportado al principio: al Ace que conocí, el que vivía al margen de su propia casa, educado pero distante, con cuidado de que nadie se le acercara demasiado.
Y eso me oprimió el pecho de una forma que me resultaba familiar y a la ve