El mundo era un torbellino de movimiento y voces que no podía separar: gritos, pasos, el murmullo de la sangre en mis oídos. Sentía como si mi cuerpo se partiera por dentro, una presión profunda y cruda que me empujaba hacia abajo una y otra vez sin piedad, sin pausa, sin espacio para respirar.
El brazo de Emma me rodeaba firmemente los hombros mientras dos empleados de la tienda me ayudaban a ponerme de pie. Mis piernas temblaban como bisagras sueltas, y otra contracción me golpeó con tanta fu