Levanté el rostro, mis ojos dorados encontrándose con las galaxias violetas de los suyos. La química entre los dos era innegable, el tira y afloja constante que nos había definido desde la fragua en las cavernas, se estabilizó de repente en una sincronía perfecta y letal.
En ese instante me di cuenta que no éramos solo un hombre y una mujer consumidos por el deseo. La venganza, encontrarnos, ser y estar demostraba que éramos dos hojas de la misma tijera, a punto de cerrarse sobre el cuello de E