Lorenzo llegó puntual.
Eso era lo primero que Adriana notaba de él cada vez: que Lorenzo Bellini siempre llegaba a la hora exacta, ni un minuto antes para demostrar entusiasmo, ni uno después para demostrar poder. Solo la hora. Como si el tiempo de los demás le pareciera un recurso que valía la pena respetar.
Franco lo vio entrar desde el otro extremo del despacho y no dijo nada. Solo dejó la copa sobre la repisa con un movimiento demasiado controlado para ser casual.
—Lorenzo —dijo Adriana.
—A