La pantalla siguió vibrando sobre la mesa de trabajo.
Bianca.
El nombre ocupó la habitación con una violencia más eficaz que cualquier grito, porque no interrumpió solo la conversación. Interrumpió el punto exacto al que Adriana y Franco habían llegado sin tocarse: esa frontera peligrosa donde la rabia, el deseo y el miedo empezaban a confundirse. Un segundo antes, Franco acababa de decirle que con Lorenzo ella podía estar a salvo y que con él solo aprendía a arder. Un segundo después, el pasad