Bianca no esperó en la entrada como una visita.
Eso fue lo primero que Adriana entendió al verla. No estaba junto a la puerta lateral con la incomodidad de quien llega a una casa ajena, ni se mantenía en el límite exacto que separa el afuera del adentro. Había cruzado ya el pequeño recibidor de servicio, con el abrigo oscuro todavía puesto y el cabello recogido de prisa, como si hubiera atravesado la noche antes de decidir si quería parecer herida o peligrosa.
Al verla, Adriana comprendió que h