Cuando Mía cruza la puerta tras su madre, cierra la puerta del despacho y se queda allí, como si no quisiera apartarse por si tiene que escapar.
Verónica se retuerce las manos con nerviosismo, hasta que deja salir un suspiro, levanta la mirada y le dice con cautela a Mía.
—Primero, quiero pedirte perdón, por no haberme dado cuenta de todo lo que ocurrió hace veinte años, para entonces era una mujer felizmente casada, que quería más que nada tener un hijo y así formar una familia.
«Llevaba se