Veintidós

Escenario: Una fábrica de aceite abandonada en Medford.

La pesada puerta metálica se abrió con un chirrido, rechinando contra las paredes de hormigón del largo y oscuro pasillo. La única luz provenía de una bombilla parpadeante, encerrada en una jaula de alambre al fondo del pasillo. El sonido de botas arrastrándose por el suelo mugriento resonaba, un ritmo lento y brutal.

Dos hombres corpulentos, con ropa oscura y anodina, arrastraban una figura destrozada entre ellos. Era Félix. Sus piernas estaban inertes; sus botas dejaban rastros gemelos en el polvo y la tierra. Cada paso era forzado por la férrea presión de los guardias bajo sus brazos. Su camisa estaba rasgada por delante, revelando un pecho salpicado de moretones morados y azules. Estaba empapado con una mezcla de sudor fresco y sangre seca. Un ojo estaba completamente hinchado, completamente cerrado, una grotesca masa de negro y rojo. El otro estaba apenas abierto, con una fina capa blanca asomando a través de la hinchazón. T
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