Escenario: Una fábrica de aceite abandonada en Medford.
La pesada puerta metálica se abrió con un chirrido, rechinando contra las paredes de hormigón del largo y oscuro pasillo. La única luz provenía de una bombilla parpadeante, encerrada en una jaula de alambre al fondo del pasillo. El sonido de botas arrastrándose por el suelo mugriento resonaba, un ritmo lento y brutal.
Dos hombres corpulentos, con ropa oscura y anodina, arrastraban una figura destrozada entre ellos. Era Félix. Sus piernas e