Día Dos — Aria
Odiaba volar.
No por la altura, ni por el ruido. Sino porque volar significaba que no tenía control. Sin salidas. Sin forma de conseguir un arma. Sin espacio para correr si las cosas salían mal. Estaba atrapada en un tubo de metal en el cielo, completamente dependiente del hombre que me había secuestrado.
Y Valente lo sabía. De alguna manera.
Llegamos a la pequeña pista de aterrizaje privada justo después del amanecer. El cielo era de un gris pálido, y el aire era frío y húmedo.