Temor a morir, en manos de mi hija.
Esmeralda
Miraba el techo de la habitación con un nudo en la garganta. Todo me parecía extraño, ajeno, como si mi vida se hubiera desmoronado sin darme cuenta, mis deseos de luchar se han ido. Dejo de pensar cuando Pablo entra a la habitación y suavemente me habla.
—Señora Esmeralda, la veo con mejor semblante, ¿cómo se siente? Me alegra verla mejorando
—No sé, que decir, Pablo —respondí, desviando la mirada—. No merezco estar aquí, no después de cómo traté a Eiza...
—Usted solo estaba siendo m