La clave la tienes tú, Emir.

Emir

Habíamos llegado ya a Italia. El fin de semana fue emocionante, la pasamos muy bien, pero el temor no me abandonaba. Sabía que mi padre y Erín aún eran una amenaza. No teníamos pruebas contundentes, pero éramos conscientes de que ellos nos querían ver mal, o tal vez algo peor.

Al llegar a la residencia, la emoción nos invadió al ver a nuestra pequeña Aitiana. Ella levantó los brazos hacia Eiza llorando de felicidad, buscando los brazos de su mamá. Yo cargué a Eleazar y lo llené de besos.
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