Verónica no había pegado el ojo en toda la noche. La imagen de Valentina y Declan en la pantalla del televisor era un fantasma que la perseguía por cada rincón de su habitación. La rabia, inyectada en su mirada como un veneno, la impulsaba a cometer una locura. Sabía que Edward Sutton debía estar pasando por el mismo infierno mediático, o peor, ya que su orgullo de macho herido era su punto más débil.
A primera hora de la mañana, antes de que el sol terminara de salir, Verónica no se dirigió a