Sin tener dominio de su propio cuerpo, Arvid fue girándose para verla marcharse. Cuando sus ojos quedaron ciegos de ella, miró a su madre.
—¿Me odia?
—No lo sé. Desde que llegó no he hecho otra cosa más que hacerla sentir cómoda. No hemos hablado de ese tema, pues no soy yo la que debía hablarlo, eres tú.
Arvid suspiró y volvió la mirada a la enorme mansión.
—Al parecer ella no quiere hablarme.
—Tiene razones suficientes para no hablarte, pero dale tiempo. Kristhel ha pasado por muchas cosas de