El cielo se tornó oscuro para cuando cabalgamos la última vuelta en los inmensos jardines del palacio, con la luna indicándonos el camino de vuelta. Desde niños uno de nuestros pasatiempos favoritos era la equitación y aunque nuestro padre se negaba en un inicio que una niña de 8 se subiera a un poni, Mael terminó convenciéndolo. Con el paso de los años ese poni pasó a convertirse en un caballo bien entrenado que corría como un rayo. Mi yegua Luna era ágil y veloz, compitiendo con el imponente