Narrado por Alex
Ella intentó alejarse, pero fui más rápido. Agarré sus muñecas con una sola mano, forzándolas hacia arriba, sobre su cabeza, contra el colchón. Su cuerpo se arqueó, un movimiento de huida que solo la puso más a mi merced.
—¡Suéltame, idiota! ¡Alex, no me toques! —escupió, los ojos destellando en la oscuridad.
Reí, bajo, en el fondo de mi garganta. Su miedo tenía el mismo olor que el deseo —dulzón y ácido, como una flor a punto de florecer.
—¿Por qué hiciste eso, dolcezza? —p