Ariam yacía en su lecho, rodeada de cojines y mantas suaves, que la acunaban como si fuera una frágil muñeca de porcelana. A través de la ventana, podía divisar el resplandor del sol y el canto de los pájaros, que la envolvían en una sensación de paz y tranquilidad. Su piel, aún pálida por el dolor, brillaba bajo la suave luz de la mañana, mientras que su cabello oscuro caía en cascada por su rostro como una cortina de seda. A pesar de la gravedad de su herida, Ariam había sido bendecida con un