Fue un beso largo e intenso.
Al terminar, sintió que las piernas le temblaban y tuvo que apoyarse en su pecho para recuperar el aliento.
—No tenías hambre, ¿o sí?
Él la rodeó por la cintura con los brazos y rozó su frente con los labios, dejando en su piel un aliento cálido.
—Tenía que alimentarte a ti primero.
Regina captó la indirecta y alzó la cabeza para contradecirlo.
—¡Yo no tengo hambre!
La miró a sus ojos grandes y expresivos, y una sonrisa curvó sus labios. No discutió con ella sobre es