Mundo ficciónIniciar sesión[Narrado por Liam Donovan]
Conducir hasta la facultad de Derecho fue un ejercicio de contención táctica. Mis manos apretaban el volante con tal fuerza que el cuero crujía, un eco del sonido que quería escuchar bajo mis puños: los huesos de Max. La mención de Penélope en el desayuno había sido un detonante, pero la imagen de Mia subiéndose a ese coche, riendo con ese idiota mientras yo me quedaba con un trozo de papel inútil en la mano, había sido la declaración de guerra definitiva.
Aparqué el SUV de forma brusca, ignorando las señales de prohibido. Crucé el campus con zancadas largas, mi uniforme negro y mi expresión de "zona de guerra" haciendo que los estudiantes se apartaran como si fuera una plaga. Mi instinto de rastreador estaba en su punto máximo. Sabía exactamente dónde encontrarla.
La biblioteca central era un templo de silencio y techos altos. Recorrí los pasillos de estanterías infinitas, el olor a papel viejo y barniz irritando mis sentidos. Al fondo, cerca de la sección de Derecho Penal, los vi.
Estaban de pie junto a una mesa llena de libros. Max estaba demasiado cerca, su mano rozando el brazo de Mia. Entonces sucedió. Él se inclinó y le plantó un beso en la mejilla, un gesto de despedida cargado de una confianza que me hizo ver rojo.
—Nos vemos luego, Mia. Avísame si necesitas algo más —dijo el chico con una sonrisa estúpida antes de alejarse hacia la salida lateral.
Mia se quedó allí, retocándose el cabello, con esa expresión de suficiencia que tanto me irritaba. No esperé. Salí de entre las sombras de las estanterías y, antes de que pudiera procesar mi presencia, la atrapé.
La tomé de los brazos con una firmeza que la hizo soltar un jadeo de sorpresa. La arrastré hacia el rincón más oscuro y apartado de la sección, un callejón sin salida formado por tomos de leyes que nadie consultaba. La empujé contra la pared de madera, arrinconándola con mi cuerpo, atrapándola entre el frío de la estantería y el calor volcánico de mi pecho.
—¡Liam! —chillo ella en un susurro furioso, tratando de zafarse—. ¡Suéltame! ¿Qué demonios haces aquí? ¡Eres un bruto!
—¿Un bruto? —le devolví el susurro, mi rostro a milímetros del suyo—. Lo que soy es un hombre que no permite que cualquier imbécil le bese la cara a lo que me pertenece. ¿Te gustó, Blackwood? ¿Te gustó que Max te marcara frente a todos?
—¡Él es mi amigo! —replicó ella, sus ojos verdes echando chispas—. Y tú... tú deberías estar llamando a tu "Penélope". ¿No era ella la mujer de tu nivel? ¿La que entiende la disciplina? ¡Vete con ella y déjame en paz!
—No vuelvas a nombrar a nadie más en mi presencia —sentencié, mis manos bajando desde sus brazos hasta sus caderas, apretándola contra mí—. No me importa Penélope, ni me importa el mundo entero cuando me miras así.
—¡Me haces daño! —mintió ella, aunque su respiración se volvía errática.
—Lo que te hago es recordarte quién manda aquí —respondí.
Sin darle tiempo a reaccionar, deslicé mis manos bajo la falda de su vestido azul. Mia intentó cerrar las piernas, pero interpuse mi rodilla entre las suyas, ganando el espacio necesario. Mis dedos encontraron el encaje de sus bragas y, con un movimiento rápido y certero, las bajé hasta sus tobillos, obligándola a salir de ellas.
—¡Liam, detente! —jadeó, su voz temblando entre la rabia y el deseo—. Estamos en una biblioteca pública. ¡Te voy a demandar! ¡Juro por mi carrera de Derecho que te hundiré en la cárcel! ¡Acoso, abuso de autoridad, lo que sea! ¡Te voy a destruir, Donovan!
—Adelante, futura abogada —murmuré contra su oído, mientras sentía su piel arder bajo mi tacto—. Demándame. Pero hazlo mientras sientes esto.
Me separé lo justo para desabrochar el cinturón de mi uniforme y bajarme el pantalón lo necesario. Mi erección quedó libre, palpitando con una urgencia que me dolía. Mia se quedó muda. Su amenaza de demanda murió en su garganta cuando vio el tamaño de mi deseo por ella, la evidencia física de que me estaba volviendo loco. Sus ojos bajaron y vi cómo tragaba saliva, su resistencia desmoronándose como un castillo de naipes.
—¿Seguías diciendo algo sobre la cárcel? —me burlé, mi voz volviéndose ruda.
La tomé por los muslos y la levanté en vilo. Mia soltó un grito ahogado y rodeó mi cintura con sus piernas instintivamente, enterrando sus uñas en mis hombros. La pegué contra la pared, su espalda golpeando los libros de leyes mientras yo buscaba su cuello.
—Grita ahora, Nena —le susurré, mordiendo el lóbulo de su oreja—. Grita para que el bibliotecario venga a ver cómo la hija de los Blackwood se entrega a su guardián entre tomos de justicia.
—Te... te odio... —balbuceó ella, pero su cabeza se inclinó hacia atrás, dándome acceso total a su garganta.
No esperé más. La embestida fue profunda, directa, sin preámbulos. Mia soltó un quejido que fue mitad dolor y mitad éxtasis puro. El contraste entre la frialdad del lugar y el fuego que nos consumía era embriagador. Comencé a follarla allí mismo, de pie, con sus piernas envolviéndome y sus manos aferradas a mi uniforme como si fuera su único ancla en medio de una tormenta.
—Dilo —le ordené, aumentando el ritmo, sintiendo cómo su cuerpo se apretaba alrededor del mío, reconociéndome de nuevo—. Di de quién eres.
—¡Tuya! —gritó ella, olvidando por completo dónde estábamos—. ¡Soy tuya, maldito animal! ¡Liam!
El sonido de nuestros cuerpos chocando, el roce del cuero de mi cinturón contra su piel y sus jadeos rítmicos llenaban el pequeño rincón. Yo no era gentil. Cada movimiento era una reclamación, una forma de borrar el beso de Max, de borrar el nombre de Penélope, de borrar cualquier cosa que no fuera nosotros dos en este momento de locura.
—Mírame, Mia —le pedí, sujetando su rostro con ambas manos mientras la seguía poseyendo con una fuerza brutal—. No hay Max, no hay leyes, no hay nada fuera de este rincón. Solo estamos tú y yo.
—No... no puedo... —ella cerró los ojos, su cuerpo empezando a temblar bajo los espasmos del clímax—. ¡Liam, por favor!
La sentí llegar al límite, sus músculos internos apretándome con una fuerza devastadora. Yo la seguí segundos después, rugiendo su nombre contra su cuello, vaciándome en ella con una intensidad que me dejó sin aliento. Me quedé allí, sosteniéndola contra la pared, con el corazón de ambos latiendo a mil por hora, el silencio de la biblioteca regresando de forma pesada y acusadora.
La bajé lentamente, dejando que sus pies tocaran el suelo. Mia estaba despeinada, con los labios hinchados y los ojos empañados. Se apoyó en la estantería, tratando de recuperar el equilibrio mientras yo me recomponía el uniforme con una calma que no sentía.
—¿Todavía quieres demandarme? —pregunté, abrochando mi cinturón.
Ella me miró, y por un segundo, vi a la mujer que me dominaría en el futuro. Se acomodó el vestido con una lentitud provocativa, recogió sus bragas del suelo y las guardó en su bolso sin apartar la mirada de la mía.
—No —respondió, su voz volviendo a ser esa seda peligrosa—. Pero la próxima vez que menciones a Penélope, Liam... te aseguro que serás tú quien ruegue por clemencia.
—No habrá próxima vez —sentencié, tomándola de la barbilla—. Vámonos a casa. Tu clase terminó por hoy.
Salimos de la biblioteca como si nada hubiera pasado, pero mientras caminábamos por el campus, Mia caminaba un poco más lento, un pequeño rastro de nuestra pasión marcando su paso. Yo caminaba a su lado, vigilante, sabiendo que acababa de marcar mi territorio de la forma más definitiva posible. Pero en el fondo de mi mente, una alarma se encendió: mi pasado en la milicia no era algo que se borraba con sexo, y sabía que Penélope no era el único fantasma que vendría a buscarnos.







