Mundo ficciónIniciar sesión[Narrado por Liam Donovan]
El comedor de la mansión Blackwood siempre me había parecido una pecera de cristal: demasiado brillante, demasiado silenciosa y llena de gente que fingía que el mundo exterior no existía. Pero esa mañana, el aire pesaba de una forma distinta. El aroma a café recién hecho y tostadas se mezclaba con el eco de lo que había sucedido horas antes en la habitación de arriba.
Me senté a la mesa con mi uniforme impecable. Había logrado recuperar mi camisa —o lo que quedaba de ella— y cambiarla por una nueva antes de que el servicio se despertara. Mi rostro era una máscara de eficiencia militar, pero por dentro, cada vez que mis ojos se cruzaban con los de Mia, sentía un tirón en la boca del estómago que me obligaba a apartar la mirada.
Mia estaba sentada frente a mí. Llevaba un vestido ligero, de un azul pálido que la hacía parecer inofensiva, pero yo sabía lo que se escondía bajo esa seda. Sabía cómo se sentía su piel contra la mía y cómo su voz se quebraba cuando perdía el control. Ella no me miraba. Estaba concentrada en su plato de frutas, cortando cada trozo de mango con una precisión quirúrgica, como si fuera la tarea más importante de su vida.
Dominic y Spencer hablaban de negocios en un extremo de la mesa. Mis hermanas, Cleo y Casey, flanqueaban mi posición. Todo estaba en una calma tensa, hasta que Cleo dejó su taza de porcelana sobre el plato con un tintineo que rompió el hechizo.
—Por cierto, Liam —dijo Cleo, con una sonrisa que me puso en guardia de inmediato—. No vas a creer quién llamó hoy a la casa de servicio preguntando por ti.
Levanté la vista, manteniendo la expresión neutra. —¿Quién? —pregunté, esperando que fuera algún contacto de seguridad o un proveedor de armas.
—Penélope —soltó Cleo, ensanchando su sonrisa—. Dijo que acaba de aterrizar. Está de regreso en la ciudad después de dos años en Europa.
El nombre cayó sobre la mesa como una granada de fragmentación. El silencio que siguió fue absoluto. Sentí, más que vi, cómo Mia se tensaba. El cuchillo en su mano se detuvo un milisegundo antes de seguir cortando la fruta.
—¿Penélope? —intervino Casey, emocionada—. ¡Oh, por Dios! ¡La chica que te volvía loco en la academia! Liam, hacían una pareja increíble. Ella siempre fue tan... elegante. Tan adecuada para ti.
—Es historia antigua, Casey —respondí con voz gélida, tratando de no mirar a Mia. Pero fue imposible no notar cómo sus nudillos se volvían blancos alrededor del mango del cubierto.
—Pues ella no parece pensar lo mismo —continuó Cleo, rebuscando en el bolsillo de su delantal hasta sacar un trozo de papel doblado—. Me pidió que te diera su nuevo número. Dijo que "necesitaban ponerse al día" con lo que dejaron pendiente antes de que ella se fuera.
Cleo deslizó el papelito por la mesa de caoba. Se detuvo justo al lado de mi plato. Los números escritos con una caligrafía femenina y adornada parecían gritar en medio de la vajilla de lujo.
—Dile que estoy ocupado —sentencié, sin tocar el papel.
—¡Oh, vamos, Liam! —insistió Cleo—. No seas así. Penélope es una mujer increíble. Además, ahora que las cosas están tan tranquilas en la mansión, te vendría bien salir con alguien de tu nivel. Alguien que entienda lo que es la disciplina y no sea... bueno, un dolor de cabeza.
Mia no levantó la cabeza. Siguió comiendo con una calma antinatural. No dijo nada, no bufó, no lanzó una de sus réplicas mordaces. Ese silencio me dolía más que cualquier insulto. Conocía a la "Pulga"; si estuviera bien, ya habría hecho un comentario sarcástico sobre mis gustos en mujeres o sobre cómo Penélope sonaba a nombre de tía solterona. Pero nada. Solo el sonido de su tenedor contra el plato.
—¿Liam? —Dominic intervino, mirándome con curiosidad—. Recuerdo a esa chica. Su padre era coronel, ¿no? Sería bueno que retomaras ese contacto. La familia Blackwood siempre apoya las buenas alianzas, incluso para nuestro personal de confianza.
—¿Ves? —dijo Cleo, empujando el papelito un centímetro más cerca de mi mano—. Llámala, hermano. Te hará bien recordar lo que es una mujer de verdad.
Sentí que el aire se acababa en el comedor. Mia finalmente dejó el cubierto a un lado. Se limpió la comisura de los labios con la servilleta de lino con una elegancia que me heló la sangre. Sus ojos verdes, que anoche ardían de pasión sobre mi regazo, ahora eran dos témpanos de hielo cuando miró a su hermano Dominic, ignorándome por completo.
—Dominic —dijo Mia, su voz era clara y carente de toda emoción—, ¿me das permiso para retirarme? Tengo que ir temprano a la biblioteca de la facultad. Max quedó en pasarme unos apuntes de Derecho Romano que me faltan.
El nombre de Max salió de su boca como una bofetada dirigida directamente a mi cara.
—Claro, nena —respondió Dominic, ajeno a la guerra silenciosa—. Que Donovan te lleve.
—No es necesario —replicó Mia, poniéndose de pie. Su vestido azul se agitó con el movimiento, y por un momento, recordé la suavidad de su piel bajo esa tela—. Max pasará por mí en diez minutos. Me recogerá en la puerta principal.
—Mia, sabes que no puedes salir sin escolta —le recordé, mi voz sonando mucho más ruda de lo que pretendía. La mención de ese imbécil me estaba haciendo perder los estribos.
Ella finalmente me miró. Fue una mirada rápida, cortante, que me recordó por qué ella era la que tenía el mando real en este juego. —Tengo a Max, Liam. Él es muy protector —hizo una pausa deliberada, sus ojos bajando por un segundo hacia el papelito con el número de Penélope—. Además, parece que tú tienes asuntos mucho más importantes que atender hoy. No querría que "Penélope" se quedara esperando a su caballero de brillante armadura.
—Mia... —gruñí, amagando con levantarme.
—Disfruta tu café, Donovan —terminó ella con una sonrisa gélida—. Cleo, el desayuno estuvo delicioso. Nos vemos luego.
Mia salió del comedor con la cabeza alta. Escuché el eco de sus pasos alejándose hacia el vestíbulo. Cleo y Casey se miraron, confundidas por la repentina frialdad de su protegida.
—Vaya —susurró Casey—. Alguien se levantó con el pie izquierdo hoy. ¿Qué le pasa a la Pulga?
—Lo de siempre —respondió Dominic, volviendo a su periódico—. Caprichos de niña rica. Liam, toma el papel. Llama a la chica. Es una orden de descanso, si quieres verlo así. Tómate la tarde libre si Penélope quiere verte.
Me quedé mirando el trozo de papel sobre la mesa. Lo tomé con los dedos, sintiendo ganas de prenderle fuego allí mismo. Miré por el ventanal y vi el coche de Max deteniéndose en la entrada. Vi a Mia subir al asiento del copiloto sin mirar atrás, riendo de algo que el idiota le decía.
Apreté el papel en mi puño hasta que se hizo una bola insignificante.
—No voy a llamar a nadie —dije, levantándome de la mesa con una brusquedad que hizo vibrar las tazas—. Y no necesito una tarde libre.
Salí del comedor hacia el vestíbulo, pero ya era tarde. El coche de Max se alejaba por el sendero de la mansión. Sentí una presión en el pecho que no tenía nada que ver con el entrenamiento militar y todo que ver con el hecho de que Mia me estaba castigando. Había usado mi propio juego en mi contra. Había aceptado su sumisión anoche, pero hoy, ella me estaba demostrando que podía retirarme el aire si se lo proponía.
Caminé hacia la oficina de seguridad, tirando el número de Penélope a la papelera sin siquiera mirarlo.
—¿Quieres jugar a los celos, Blackwood? —susurré para mí mismo, sintiendo cómo la posesividad volvía a reclamar mi sangre—. Adelante. Pero no llores cuando el lobo decida ir a buscarte a esa biblioteca.
Me puse la chaqueta de servicio y comprobé mi arma. El pasado de Penélope no era nada comparado con el presente que estaba construyendo con Mia. Y si ese chico, Max, pensaba que podía tocar lo que era mío solo porque yo tenía "un número pendiente", iba a descubrir por qué me entrenaron para no dejar sobrevivientes.







