21.5

Mia soltó una risa nerviosa, una que terminó en un suspiro cuando deslicé una mano hacia abajo, rodeando su cuello en una advertencia suave, casi una caricia mortal. Con la otra mano, presioné mi intimidad contra la de ella a través de la tela del vestido. Ella se tensó, un temblor recorriendo sus piernas.

—Te odio —susurró, enredando sus dedos en mi cabello ahora que había soltado sus muñecas. Tiró con fuerza, obligándome a mirarla de frente—. Odiarás el día en que aceptaste este trabajo. Odiarás el momento en que me viste por primera vez.

—Pues prepárate para odiar cada segundo de la noche, Princesa —sentencié, mis dedos bajando hacia la cremallera de su vestido—. Porque no pienso soltarte hasta que olvides tu propio nombre.

Me deshice de mi camisa de un tirón, dejando que los botones restantes saltaran por la habitación. Cuando mis manos tocaron su piel desnuda, sentí que ella se estremecía de una forma distinta. Había una rigidez en su cuerpo, una vacilación que no encajaba con su lengua afilada.

—Mia... —me detuve, observando la forma en que sus ojos evitaban los míos por primera vez—. Mírame.

—Hazlo de una vez, Donovan —dijo ella, tratando de recuperar su máscara de hierro—. No pierdas el tiempo con charlas.

—Estás temblando —noté, mi voz volviéndose extrañamente baja—. ¿Por qué?

—No estoy temblando —mintió, aunque sus dientes castañearon levemente.

Deslicé mi mano por su vientre, subiendo hasta sentir los latidos de su corazón. Estaba a punto de salirse de su pecho. Entonces lo entendí. El descaro, los vestidos cortos, los bailes provocativos... todo era un escudo. Un farol.

—Nunca has estado con nadie —no fue una pregunta. Fue el descubrimiento de un tesoro que no me pertenecía, pero que iba a reclamar de todos modos.

Ella apretó los dientes, sus mejillas encendiéndose en un rojo furioso. —¿Y qué si no? No soy una de tus conquistas de cuartel, Liam. Si vas a hacerlo, hazlo. Pero no te burles.

—No me estoy burlando, Nena —susurré, y por un segundo, mi dureza se quebró—. Me estás volviendo loco.

Me deshice de mis pantalones con urgencia, volviendo a cubrir su cuerpo con el mío. Mia separó las piernas de forma instintiva, pero sus manos se aferraron a mis hombros con una fuerza desesperada. Me posicioné, sintiendo la resistencia de su cuerpo, la pureza que nadie había osado tocar.

—Mírame, Mia —le ordené—. Quiero que veas quién es el que te toma.

Ella abrió los ojos, empañados por lágrimas que se negaba a dejar caer. Y entonces, embistí.

Fue una entrada profunda, fuerte y posesiva. El gemido que soltó ella fue un grito que tapé de inmediato con mis labios, un beso que sabía a tequila, a furia y a una verdad que nos destruía. El dolor inicial la hizo arquear la espalda, sus uñas enterrándose en mi espalda, marcando mi piel con la misma intensidad con la que ella me marcaba el alma.

El sexo no fue suave. No podía serlo entre nosotros. Era una guerra de desgaste. Yo empujaba con la rabia de quien sabe que está rompiendo su código de honor, reclamando cada centímetro de su piel como si fuera territorio conquistado. Ella respondía con una pasión que me asustaba, envolviendo sus piernas alrededor de mi cintura, pidiendo más, desafiándome a llegar más profundo.

—¡Liam! —gritó mi nombre, y el sonido vibró en mis huesos.

El sonido de la carne chocando, de nuestras respiraciones jadeantes que apenas encontraban aire, llenaba la estancia. Yo creía que la estaba doblegando. Creía que con mi fuerza y mi mando, le estaba enseñando quién era el dueño. Estaba concentrado en mi propio poder, en la forma en que su cuerpo virgen se moldeaba al mío, reconociéndome como su primer y único hombre.

Pero mientras mis manos la sujetaban y mis embestidas se volvían más erráticas por el placer, vi su rostro. Mia no tenía la mirada de alguien derrotado. En medio del éxtasis, ella me observaba con una claridad aterradora. Sus dedos acariciaban mis cicatrices, no con miedo, sino con una ternura que me desarmaba más que cualquier golpe.

Ella gesticulaba cada orden que yo le daba, fingía sumisión bajo mi peso, pero en el fondo de sus ojos verdes, había un brillo de victoria.

—Eso es... —susurró ella entre espasmos, su voz volviéndose un arma—. Sé el soldado que quieres ser, Liam. Rómpete por mí. Sé que lo estás haciendo.

En ese momento lo entendí. Mi código de conducta, mis reglas, mi distancia... todo se había hecho añicos en el momento en que entré en ella. Ella no necesitaba fuerza bruta para dominarme. Su juego era mucho más letal. Ella cedería el control solo para ver cómo yo me volvía un esclavo de su cuerpo.

Llegamos al clímax juntos, un estallido de sensaciones que me dejó vacío y vulnerable. Me desplomé sobre ella, enterrando mi rostro en su cuello, respirando su aroma mientras el sudor nos unía. Mia no me apartó. Sus manos acariciaron mi cabello, y sentí un beso suave en mi sien.

—Eres mía —logré articular, aunque mi voz carecía de la autoridad de antes.

—Y tú estás de rodillas, Donovan —susurró ella al oído, con una dulzura venenosa—. Solo que todavía no te has dado cuenta.

Me quedé allí, en la oscuridad, sabiendo que el guardián acababa de ser capturado por su propia protegida. Y lo peor de todo... era que no quería escapar de esa prisión.

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