*—Ezra:
Anoche se había dejado caer en la tristeza al aceptar una verdad incómoda: estaba impreso en Dante y esto le había dolido más de lo que estaba dispuesto a admitir, pero hoy era distinto.
El sol entraba sin pedir permiso, más resplandeciente que nunca, y el cielo estaba tan limpio que parecía prometer horizontes nuevos.
Ezra respiró hondo frente al espejo y se obligó a enderezar la espalda.
No iba a dejar que aquello lo devorara por dentro.
¿Que estaba impreso en él? Bien. Lo superaría.