—¡Es la voz de Lucca!
Luana entró en pánico y empujó a Alessandro con fuerza, intentando soltarse. ¡Aquel hombre, con su propio hijo llamando a la puerta, todavía no retrocedía! ¿Acaso no tenía miedo de ser descubierto? Qué vergüenza sería si los niños vieran esa escena.
—Bueno, déjalo... —comenzó a decir Luana.
Pero, tan pronto como abrió la boca, Alessandro aprovechó la brecha. Como un huracán, avanzó sin piedad. El cuerpo de Luana flaqueó bajo la intensidad del beso; sin fuerzas, solo se apo