Luana leyó algunos libros que Lorena dijo que le gustaban y luego los leyó con ella. Lorena se acurrucó feliz en los brazos de Luana, una leve sonrisa jugando en sus labios, sus mejillas formando una línea y la luz de felicidad en sus ojos era innegable.
Cuando la tía Maria regresó de hacer las compras, vio a Alessandro de pie en la puerta, observando a Luana y a los demás con un semblante de pura felicidad. Una sensación extraña la invadió. Lo llamó:
—Sr. Alessandro, ¿cómo puede quedarse ahí p