Mundo ficciónIniciar sesiónAlessandro miró a Luana con una furia gélida, su aura de superioridad sofocando el aire a su alrededor.
De repente, avanzó y le aferró el mentón con fuerza, una sonrisa burlona y cargada de desprecio asomando en sus labios.
— ¿Quién crees que eres? — preguntó, con la voz baja y peligrosa.
— ¿Olvidaste que usaste trucos sucios para engañar a mi abuela y obligarme a casarme contigo?
¿Ahora quieres hacerte la virtuosa?
Después de todos estos años, no has cambiado nada. Sigues siendo la misma mujer despreciable de siempre.
¿Despreciable? ¿Falsa?
Luana sintió un sabor amargo en la boca. ¿Entonces era eso lo que él realmente pensaba de ella, a pesar de todo lo que había soportado?
Soltó una risa seca, sin una pizca de alegría.
— ¿Entonces eso es lo que soy para ti?
— Desafió su mirada. Si ella fuera realmente tan astuta como él decía, no habría terminado sola y embarazada en un país extranjero.
Alessandro apretó aún más su mentón.
Al recordar las manipulaciones del pasado, sus ojos oscuros se entornaron en rendijas de puro hielo. Luana sentía la amenaza emanando de él, pero ya no era la chica frágil que él conoció.
Ella había renacido de las cenizas.
— Suéltame — ordenó Luana, con una calma mortal.
— Suéltame ahora, o te vas a arrepentir amargamente.
Intentó propinarle una patada, pero Alessandro, cuyos reflejos eran impecables, se esquivó con facilidad.
La resistencia de ella solo lo irritaba más.
— ¡Alessandro, maldito!
— Luana usó toda su fuerza para zafarse, empujándolo con un ímpetu que lo hizo retroceder un paso.
— Aléjate de mí y de mi vida.
Ya demostraste que eres ciego; no necesitas demostrar que también eres un tirano.
Sin mirar atrás, se dio la vuelta y caminó hacia la tienda con pasos decididos y audaces.
Tenía cosas más importantes que hacer que perder el tiempo con ese hombre.
Dejaría escapar a Camila por hoy, pero el ajuste de cuentas apenas comenzaba.
Alessandro permaneció inmóvil, observando la silueta de Luana alejarse.
Había algo extraño.
En el pasado, ella era tímida, sumisa, alguien a quien él podía aplastar con una palabra.
Pero esta mujer... irradiaba una fuerza indomable, una distancia que él no lograba traspasar.
— A-Alessandro... ¿estás bien?
— Camila se acercó apresuradamente, con la voz dulce y fingida.
— ¿Cómo pudo ser Luana tan cruel?
Me odia tanto... Por dentro, Camila hervía.
Ser humillada públicamente en aquellas pantallas era algo que jamás perdonaría.
Sin embargo, al mirar a Alessandro, se detuvo.
Él estaba en silencio, las cejas fruncidas, mirándola con una expresión tan profunda que parecía leerle el alma.
El corazón de Camila se disparó.
"¿Será que sospechó algo?", pensó, palideciendo.
Necesitaba mantener la farsa del pasado a toda costa. Necesitaba que él siguiera creyendo que Luana era la villana y ella, la víctima que lo había salvado.
— Alessandro, discúlpame...
— comenzó a sollozar suavemente, escondiendo el rostro.
— Solo... tuve miedo. Miedo de que volvieras con ella. Actué por impulso cuando la vi.
¡Por favor, perdóname!
Alessandro suspiró, la tensión en sus hombros disminuyendo levemente.
— No vuelvas a hacer esas tonterías, Camila. Yo tengo límites, y tú lo sabes.
Camila asintió rápidamente, sintiendo un alivio momentáneo.
Sabía que Alessandro era un hombre de principios rígidos, y que si cruzaba la línea de su lealtad, las consecuencias serían fatales.
Para asegurar su posición, se acercó e intentó acurrucarse en sus brazos, dejando el hombro al descubierto de forma seductora.
Alessandro, sin embargo, sintió un malestar repentino y la apartó casi instintivamente.
Camila mordió el labio, furiosa por dentro.
¿Es ciego a mi belleza?, pensó, frustrada.
— Alessandro, ¿nos vamos? De repente me está dando un dolor de cabeza horrible...
— Camila hizo una expresión de sufrimiento.
La mirada de Alessandro se suavizó. Ese dolor de cabeza era, según decían, una secuela del trauma que ella sufrió al salvarlo de ahogarse en la infancia. La gratitud era el lazo que lo ataba a ella.
— Está bien. Vámonos.
Mientras los dos se alejaban, tres pequeñas cabezas asomaron detrás de un expositor.
— Matteo, ¿ya se fueron? — preguntó Lucca, espiando con cautela. — Sí, ese canalla por fin se fue — respondió Matteo, el rostro serio y los ojos profundos como los del propio Alessandro.
— Escuchen bien: no podemos contarle nada de esto a mamá.
— ¡Canalla... papá canalla! — repitió Mia, cubriéndose la boquita con las manitas, confundida con el nuevo vocabulario.
Matteo apretó los puños.
— Si no me equivoco, debe haber abandonado a mamá por culpa de esa mujer víbora.
La dejó con el corazón destrozado y ella tuvo que criarnos sola, con toda esa dificultad. ¿No creen que merece una lección?
— ¡Sí! — respondió Lucca de inmediato, los ojos brillando con el deseo de defender a su madre.
— ¡Vamos a arreglárselas!
— ¡Yo apoyo! — exclamó Mia con su vocecita dulce.
— ¿Pero cómo lo castigamos?
Matteo esbozó una sonrisa astuta, un destello de genio maligno cruzando su rostro infantil.
— Jeje, ya verán. No voy a dejar que ese hombre salga impune. ¡Prepárense, el desafío ha comenzado!







