HASSAN AL-ÁSAD
Limpiaba mis manos, quitando todo rastro de sangre; observaba a Malik al-Qala con burla al ver en la porquería que quedó de él ahora.
—¿Qué hacemos con él, majestad? —preguntó Jamil—. ¿Quiere que terminemos el trabajo?
—No —respondo—. Llévenlo a su casa, que su mujer se encargue de él ahora.
Jamil asiente a lo que le digo; lo levantan llevándola a rastras hacia la puerta, pero antes de que salgan los detengo.
—Esta vez fui benevolente contigo, Malik, porque ahora eres parte de m