De vuelta en la casa de su madrastra, Elisabetta tragó saliva con dificultad.
Tenía la garganta seca. Las manos le temblaban. Estaba de pie en medio de la sala, mirando a Tessa y a Nina como si fueran extrañas. Quizá siempre lo habían sido.
Quería luchar. Quería gritar. Pero sus piernas se sentían débiles. Su voz no salía. Estaba congelada, atrapada, como lo había estado desde la muerte de su padre.
Tessa sonrió. Podía ver a Elisabe