Elisabetta se encogió de hombros y el conductor la llevó a la casa de su madrastra.
Se sentó en la parte trasera del coche, observando la ciudad pasar por la ventana. Su mente seguía enredada por todo lo que había ocurrido. La voz condescendiente de Kim Carpenter. La sonrisa forzada de Madame Anita. La orden tajante de Tessa de que fuera.
Intentó calmarse. Tal vez era por el memorial de su padre. El aniversario de su muerte se acercaba. Quizá Tessa quería hablar de