CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO

No sé cuánto tiempo me quedo sentada en el piso, mi cuerpo sacudido por sollozos, pero cuando finalmente reúno la fuerza para tomar mi teléfono y silenciar su incesante timbre, mis ojos están enrojecidos y mi voz está ronca de tanto llorar. Intento componerme lo mejor que puedo al contestar la llamada de Luna Marely, sin querer agobiarla con la profundidad de mi dolor.

—Hola, Haisley, vimos las noticias. No te preocupes, estamos haciendo todo lo posible para eliminarlas de inmediato—, dice Luna
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