CAPÍTULO CINCUENTA Y SIETE

Las manos de Collins me agarran con una brusquedad que me deja sin aliento, sus dedos como garras se clavan en la frágil tela de mi vestido con una ferocidad desesperada y borracha. El pánico se apodera de mí como un tornillo de banco, apretando mi garganta y enviando mi corazón a una carrera frenética contra mi caja torácica.

Justo cuando estoy a punto de ceder a la desesperación que amenaza con consumirme, la puerta se abre de golpe con un fuerte crujido, casi arrancada de sus goznes por la f
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