Mi pequeña mano agarra con fuerza a mamá y su palma envuelve la mía mientras nos acercamos a las imponentes puertas del castillo. Nunca antes había visto tanta grandeza y una sensación de asombro me invade. El sol brilla en la piedra pulida, invitándonos a su cálido abrazo. No quiero dejar nunca este lugar mágico, un marcado contraste con las cuevas húmedas y mohosas donde mamá y yo nos hemos refugiado estas últimas noches. Esos lúgubres escondites nunca podrían replicar la radiante belleza y l