El domingo llegó en silencio.
Ninguno de los dos tenía planes.
Y, sorprendentemente, aquello resultó ser lo más desconcertante que había sucedido desde que Elena se mudó al ático.
A las nueve de la mañana, Ryan estaba de pie en la cocina.
Miraba su teléfono.
Lo dejaba sobre la encimera.
Lo volvía a tomar.
Y repetía el mismo ciclo una y otra vez.
Desde el sofá, donde estaba leyendo un libro, Elena observó la escena durante varios minutos.
Finalmente levantó la vista del libro.
—No sabes qué hace