Al detenerse junto a él, los instintos de Antonio tomaron el control, y él la tomó por la cintura, susurrando con voz ronca en su oído:
—Solo yo tengo permitido mirarte de esta manera. Ningún otro hombre puede hacerlo.
La posesividad en su voz era inconfundible.
Los ojos de Antonio se abrieron de golpe al darse cuenta de lo que acababa de decirle a Maya. Soltó rápidamente su mano, el rostro enrojecido por una mezcla de emociones.
—Súbete al coche —murmuró, dándose la vuelta.
Maya se quedó allí, su mente llena de preguntas.
¿Por qué dijo eso? ¿Está reclamándome como suya ahora? Un escalofrío le recorrió la espalda mientras se apresuraba a entrar al coche.
Apenas estuvo dentro, Antonio encendió el motor y arrancó.
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MOMENTOS DESPUÉS
El coche se detuvo bruscamente frente a la Villa Draco, y Antonio salió, caminando hacia el otro lado para abrir la puerta a Maya.
Le ofreció la mano, y ella la tomó, permitiéndole ayudarla a bajar.
Al pisar los terrenos de la villa, se escucharon susurro