Me desperté con la cara presionada contra la almohada, las extremidades pesadas y la piel vibrando con un dolor sordo.
El Lobo se había ido. El calor que me había anclado al colchón fue reemplazado por un escalofrío, aunque las sábanas aún olían vagamente a mi rendición. No me moví durante mucho tiempo. No podía.
Mi mente seguía regresando al baño: el sonido del agua agitándose, el azulejo frío contra mis muñecas y la forma en que, finalmente, había dejado de luchar y había empezado a desear.
Es