El rey no se movió. No estalló en rabia y no llamó al verdugo. Simplemente se quedó de pie junto a su silla, y su expresión regresó a esa máscara de fría y cansada indiferencia.
Miró el maquillaje arruinado en mi rostro, luego el suelo donde Kiya acababa de jadear por aire y, finalmente, volvió a mirar su plato.
Fue como si hubiera caído un telón. Eligió no ver nada. Eligió no escuchar nada.
—Ve a limpiarte —dijo el rey con voz plana.
Me quedé allí, paralizada. Prácticamente había confesado; mi