Capítulo 46

El rey no se movió. No estalló en rabia y no llamó al verdugo. Simplemente se quedó de pie junto a su silla, y su expresión regresó a esa máscara de fría y cansada indiferencia.

Miró el maquillaje arruinado en mi rostro, luego el suelo donde Kiya acababa de jadear por aire y, finalmente, volvió a mirar su plato.

Fue como si hubiera caído un telón. Eligió no ver nada. Eligió no escuchar nada.

—Ve a limpiarte —dijo el rey con voz plana.

Me quedé allí, paralizada. Prácticamente había confesado; mi
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