León
Antonia me miró fijamente. Su expresión era extraña, como si no debiera haberle preguntado eso, como si debiera disculparme por el insulto que había recibido.
En un instante, la furia en sus ojos se desvaneció. La ferocidad con la que había entrado furiosa desapareció, y dejó caer su bolso al suelo, pataleando como una niña que se queja de que la acosan en la escuela.
Se acercó a mi silla, con los ojos llenos de lágrimas, y para mi sorpresa —que en realidad no debería haber sentido, consid