León
Mateo tropezó al verme.
—¿Señor Branston? —preguntó.
Lo vi fruncir el ceño. Vi la preocupación en sus ojos; sin duda, reaccionaba a mi mirada. No me importaba. No podía importarme.
—Las llaves del coche —le dije, extendiendo la mano para que las dejara.
Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó las llaves, pero no me las dio.
—Señor Branston, si quiere ir a algún sitio, no me importaría llevarlo. No creo que tenga ganas de conducir ahora mismo.
El sonido de la puerta de m