Aiden
—¿Sí? —Contesté la llamada en cuanto la puerta se cerró tras de mí. Mateo ya se acercaba, pero le hice un gesto para que se alejara, indicándole en silencio que vigilara la ventana mientras yo me dirigía al balcón al final del pasillo.
Necesitaba aire fresco, no por la llamada, sino porque la imagen de los labios de Alina, la forma en que había comido las rodajas de manzana y los gestos sutiles e inconscientes que hizo mientras le daba de comer me habían encendido la sangre. Maldita sea.