CAPÍTULO 7

Charlotte suspiró mientras vaciaba el vaso una vez más; con cada segundo que pasaba, el alcohol le subía más.

—Mmm... no sé cómo se siente eso, pero creo que estás intentando complacer a todo el mundo y, en el proceso, te estás olvidando de ti mismo. Ya es hora de que seas quien realmente eres, porque la vida es demasiado... demasiado corta, ¿sabes? No dejes que otros decidan cómo debes vivir. Haz lo que tú quieres, no lo que ellos esperan de ti. Si no, nunca encontrarás la verdadera felicidad —le aconsejó.

—¿Y si decepciono a las personas que me importan? —preguntó él, con una preocupación completamente sincera.

—¡Uf! Los humanos son tan tontos... No puedes complacer a todo el mundo, Williams, créeme... yo ya pasé por eso —murmuró—. Pero... si aprendes a ser tú mismo, quienes de verdad te quieren... aprenderán a amarte por la persona que eliges ser, por quien realmente eres. Míralo como una forma de descubrir quiénes se preocupan de verdad por ti. Y a los que no... mándalos a la m****a y aléjalos de tu vida. Créeme, así se vive mucho mejor.

Williams sonrió mientras contemplaba su bonito rostro. Incluso con tanto alcohol encima, hablaba con una lucidez que lo dejó impresionado.

—Lo pensaré, princesa.

—¡No soy una princesa, pedazo de bombón! Me llamo Charlotte... ahora, si me disculpas... yo... yo... mejor voy a descansar un poquito...

Su voz salió arrastrada mientras dejaba caer la cabeza sobre la mesa.

Williams soltó una risa y negó con la cabeza.

—Las mujeres... siempre bebiendo más de lo que pueden soportar.

Se puso de pie.

Dio un par de pasos, pero se detuvo y volvió la vista hacia ella. Dormida, tenía un aire tan inocente...

Quizá si hubiera sido cualquier otra época del año, la habría dejado allí sin más. Pero era temporada navideña y la ciudad estaba llena de turistas. Williams regresó a su lado y llamó al camarero.

—Muy bien, Cenicienta... creo que será mejor llevarte a casa. No querrás pasar la víspera de Navidad cayendo en las manos equivocadas.

Con una suave risa, la ayudó a incorporarse.

—Ugh... ¿qué? Déjame dormir... vete, hombre malo... —refunfuñó completamente embriagada.

—Todavía no. El hombre malo aún no ha llegado, y tampoco es hora de dormir —respondió en tono burlón—. La próxima vez intenta no emborracharte tanto, Cenicienta.

—¡¡Es Charlotte!! ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? —protestó con los ojos medio cerrados.

Él soltó otra carcajada mientras la ayudaba a ponerse de pie.

—Dime, Charlotte, ¿en qué hotel te hospedas? Quizá pueda hacerte un pequeño favor a cambio de la agradable compañía de esta noche.

Le pasó uno de sus brazos por los hombros. Ambos tambalearon unos segundos antes de recuperar el equilibrio, y terminaron riéndose al mismo tiempo.

—Un escalón más, Charlotte... ya casi llegamos.

Williams la ayudaba a subir las escaleras.

¿Quién construía un hotel tan grande sin ascensor?

Ya estaban de vuelta en el hotel donde ella se hospedaba, camino a su habitación. Conseguir que le dijera la dirección había sido toda una odisea; estaba completamente borracha. Aun así, Williams sabía que no podía dejarla sola, o cualquier imbécil podría aprovecharse de su estado.

Durante todo el trayecto no había dejado de reírse.

Cuando entraron al hotel, la recepcionista les lanzó una mirada llena de sospecha. Williams la sostenía con el hombro mientras avanzaban por el pasillo hasta llegar al número que figuraba en la llave. Abrió la puerta.

—Muy bien, Cenicienta. Ya estás en casa. Feliz Navidad por adelantado.

Sonrió, algo mareado, dispuesto a marcharse.

—Ven... entra... —balbuceó emocionada mientras lo sujetaba de la mano y lo arrastraba al interior, cerrando la puerta detrás de ambos.

—Uf... tengo que quitarme este vestido... es muy incómodo...

Entre murmullos y algunas maldiciones, comenzó a desvestirse.

—Eh... tranquila. ¿Sabes que sigo aquí, verdad? —intentó detenerla Williams.

Pero ella ni siquiera parecía consciente de su presencia.

Antes de que pudiera reaccionar, ya se había quedado solo en ropa interior y cayó de bruces sobre la cama.

Williams hizo una mueca, apretando los puños, sin saber qué hacer.

No podía dejarla allí medio desnuda.

Miró hacia un lado y encontró el armario.

Quizá hubiera traído un camisón.

Corrió hasta él y, tras buscar apenas unos segundos, encontró un camisón rosa colgado en una percha.

Lo tomó y regresó junto a ella.

Vestirla no fue complicado.

Lo verdaderamente difícil fue evitar tocarle los pechos o el trasero.

La sentó con cuidado y, como si estuviera vistiendo a una niña dormida, le puso el camisón.

Después volvió a acostarla con delicadeza.

Le acomodó las piernas sobre la cama, ajustó la almohada para que no se lastimara el cuello y finalmente soltó un largo suspiro de alivio.

—Uf... no puedo creer que esté haciendo esto. Lo bueno es que nunca sabrá cómo pasó.

Se dio media vuelta para marcharse.

Pero, de repente, sintió que Charlotte le sujetaba la muñeca.

Su corazón dio un vuelco.

Se giró de inmediato.

Ella seguía con los ojos cerrados, murmurando algo apenas audible.

Se inclinó para escuchar mejor y se dio cuenta de que le estaba pidiendo que se quedara.

—Vaya... recuérdame que la próxima vez no me meta donde no me llaman.

Resignado, se sentó a su lado en la cama.

Permaneció allí durante varios minutos, acariciándole suavemente el cabello mientras la veía dormir.

Dormida se veía increíblemente dulce e inocente.

Y eso hizo que se preguntara una vez más por qué un hombre sería capaz de abandonar a una

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