Arthur
Ella estaba allí.
Sentada en la encimera de mármol, pierna abierta, la boca roja, la mirada desafiante. La braguita en el suelo. El sujetador caído. El pecho marcado de rojo donde había mordido. Y yo con el pantalón a medio muslo, la polla palpitando de deseo, el olor de ella en mi dedo, en mi boca, en mi pecho.
Sabía que si dejaba pasar esta oportunidad, me arrepentiría.
— Cállate — ordené. No era enfadado. Era una orden.
Y entré.
Su gemido fue ahogado, pero lo oí. Lo sentí.
Su carne ca