No necesitaba preguntar. Después de todo, la cuenta la pagaría el hombre de traje a medida sentado frente a mí. Pero aun así, una punzada aguda de nerviosismo hizo que mi estómago se anudara. Ni aunque viviera diez vidas enteras trabajando sin parar podría pagar esa cena. Ni en veinte vidas. Ni en treinta.
— Relájate un poco, muchacha — Arthur habló de repente, su voz grave cortando el silencio y demostrando que leía mi mente como un libro abierto.
— Estoy perfectamente relajada — mentí desc