Mi cuerpo se pegó al suyo. El delantal áspero. Su piel caliente. El olor a comida y a hombre.
— Buenos días — dijo, sus labios a centímetros de los míos.
— Ya lo has dicho.
— Lo sé. Pero quería decirlo otra vez. Más cerca.
— Entonces dilo.
Lo dijo. Con la boca. Pegada a la mía. El beso fue lento, delicioso, prolongado. Su lengua paseando, pidiendo permiso, tomando posesión. Mis manos subieron por su pecho, por sus hombros anchos, por su nuca. Mis dedos se enroscaron en su cabello.
— La casa est