«¡NO!». Tardo un rato en darme cuenta de que soy yo quien grita y corre hacia ella. La agarro antes de que caiga.
«Sab, Sab, quédate conmigo, por favor», grito, llorando desconsoladamente. No puedo perderla, desde luego no así. No puede morir por mi culpa, otra vez no, por favor, Señor, te lo suplico.
«Aléjate de mí», grazna, sacudiéndose mis manos. Las lágrimas caen por mis mejillas.
Incluso en un estado como este, sigue sin poder soportar verme. Dejar que la toque le duele mucho.
«¿Qué vam