Capítulo 28. Desesperanza
Daniela
—No, por favor, pare —pido sollozando al hombre que acaricia mis piernas sin pudor y su risa en mi cuello me provoca arcadas de asco cuando comienza a lamer mi piel. Su mano se acerca cada vez más a mi zona íntima y mi cuerpo se sacude con espanto al sentir cómo me recuesta en el piso y se posa sobre mí.
—¡Alto! —dice una voz ronca y enfurecida desde la puerta, mis esperanzas se asoman y vuelvo a respirar cuando el desgraciado se retira de encima—. ¡¿Qué mierdas crees que estás haciendo