La Luna Encadenada
La Luna Encadenada
Por: Samuel Kevin
La Loba Rechazada

POV de Ariana Valenti

Ariana Valenti estaba en el centro del círculo de piedra con las manos apretadas a los lados y el corazón latiendo tan fuerte que dolía. El aire frío le quemaba los pulmones, pero apenas lo sentía. Todos los rostros a su alrededor estaban vueltos hacia ella, observando, esperando, juzgando. Esta era la noche en que su destino sería decidido, la noche que le habían enseñado a creer que cambiaría su vida para siempre.

Buscó entre la multitud un solo rostro.

Luca.

Él estaba frente a ella, alto y seguro, vestido con los colores oscuros de la manada Silver Howl. No parecía nervioso. No parecía esperanzado. Parecía aburrido. Eso por sí solo le provocó una punzada de miedo en el pecho.

El anciano dio un paso al frente, su voz resonando con fuerza en el claro mientras pronunciaba las palabras antiguas. Ariana escuchó, casi sin respirar, mientras el ritual llegaba a su momento final. Este era el instante. El vínculo debía despertar. La conexión debía aparecer. La promesa de una pareja debía asentarse en su alma.

No sintió nada.

El silencio se prolongó demasiado. Murmullos recorrieron la multitud. Las palmas de Ariana se humedecieron. Su loba se agitó inquieta en su interior, confundida y débil.

Entonces Luca se rió.

No fue fuerte. No fue cruel al principio. Fue descuidado, como si el momento no significara nada para él.

—Esto es un error —dijo, dando un paso atrás—. Ella no es mi pareja.

Las palabras cayeron como una bofetada.

Ariana lo miró fijamente, abriendo la boca, pero sin poder emitir sonido alguno. El anciano frunció el ceño, confundido, pero Luca continuó antes de que alguien pudiera detenerlo.

—Rechazo este vínculo —dijo con claridad—. Rechazo a Ariana Valenti como mi pareja.

Exclamaciones llenaron el claro. Alguien rió. Alguien más susurró su nombre como si fuera algo sucio.

Las rodillas de Ariana casi cedieron. Su pecho se sintió vacío, como si algo hubiera sido arrancado sin previo aviso. Esperó el dolor del que todos hablaban, la agonía desgarradora del rechazo.

No llegó.

Lo que llegó fue peor.

Nada.

Sin vínculo, sin dolor, sin conexión alguna.

El anciano se volvió hacia ella, ahora con los ojos fríos.

—¿Aceptas este rechazo?

Su garganta ardía. Cada instinto le gritaba que suplicara, que llorara, que cayera de rodillas. Sintió la mirada esperanzada de su madre entre la multitud y el peso de los años siendo ignorada y despreciada.

Ariana levantó la barbilla.

—Sí —dijo, con voz temblorosa pero firme—. Acepto.

Las palabras sellaron su destino.

La multitud estalló. Algunos parecían satisfechos. Otros, incómodos. Su madre se cubrió la boca, con lágrimas cayendo sin parar. Nadie se acercó a consolarla. Nadie la defendió.

Las omegas rechazadas no merecían compasión.

Abandonó el círculo sin permiso, sus pies llevándola lejos antes de que alguien pudiera detenerla. Nadie lo intentó.

Cuando llegó al borde del territorio de la manada, su visión ya estaba borrosa. No miró atrás. Sabía que, si lo hacía, se rompería.

Su pequeña habitación se sintió más estrecha que nunca al entrar. Las paredes parecían cerrarse sobre ella, llenas de cada palabra cruel que le habían dicho. Débil. Inútil. Carga.

Metió ropa en una bolsa desgastada con manos temblorosas. No tomó nada más. No había nada allí que valiera la pena conservar.

Cuando volvió a salir, la luna brillaba alta y clara, observándola como un testigo silencioso. Ariana cruzó la línea del territorio sin ceremonia. El aire cambió al instante. La familiar sensación de su manada desapareció.

Estaba sola.

El bosque la tragó rápidamente. Las ramas arañaban su piel. Las raíces atrapaban sus botas. No redujo la velocidad. El miedo la impulsaba hacia adelante, agudo e implacable.

Las omegas rechazadas eran presas fáciles. Los lobos solitarios no duraban mucho.

Sus piernas ardían. Sus pulmones gritaban. Aun así, siguió corriendo.

Pasaron horas, o tal vez minutos. El tiempo perdió sentido mientras el agotamiento arrastraba su cuerpo. Cuando finalmente colapsó junto a un estrecho arroyo, ya no le quedaban fuerzas. Se encogió sobre sí misma, abrazando sus rodillas mientras lágrimas silenciosas empapaban sus mangas.

Había sido rechazada sin siquiera haber sido deseada primero.

Ese pensamiento dolía más que cualquier herida.

Al amanecer, se obligó a levantarse. Su loba estaba callada, sometida, como si sintiera vergüenza. Ariana ignoró el dolor en el pecho y siguió el arroyo, esperando que la llevara a algún lugar seguro. O a cualquier otro sitio.

Al mediodía, el hambre la consumía. No había comido desde la noche anterior. Sus pasos se volvieron lentos. Cada sonido la hacía estremecerse.

Entonces el aire cambió.

Fue sutil, pero inconfundible. Un poder presionó contra su piel, pesado y cortante. El aroma la alcanzó después, fuerte y dominante, marcado por la presencia de un alfa.

Ariana se quedó inmóvil.

Había cruzado al territorio de otra manada.

El pánico estalló. Entrar sin permiso ya era peligroso. Hacerlo como una omega rechazada era una sentencia de muerte.

Se giró para retroceder, pero ya era demasiado tarde.

Una voz profunda atravesó los árboles.

—Estás lejos de casa.

Su corazón dio un salto hasta su garganta.

Un hombre salió de entre los árboles, alto y de hombros anchos, su presencia llenando el bosque como una tormenta. Su cabello oscuro enmarcaba un rostro afilado, tallado en control y autoridad. Sus ojos se clavaron en ella con una intensidad escalofriante.

Alpha Damian Volkova.

Conocía ese nombre. Todos lo conocían.

Gobernaba la manada Black Ridge, un territorio temido por su fuerza y disciplina. Los rumores lo describían como despiadado, inflexible, intocable.

Ariana tragó saliva y bajó la mirada.

—No quise cruzar su territorio —dijo rápidamente—. Me iré.

Él no se movió. Sus ojos se entrecerraron ligeramente, estudiándola como un enigma que no le gustaba.

—Ya lo hiciste —dijo—. ¿Por qué?

Sus manos temblaban. Mentir sería inútil.

—Fui rechazada —dijo en voz baja—. No tengo a dónde ir.

La palabra quedó suspendida entre ellos.

Rechazada.

Algo cruzó por su expresión, desapareciendo demasiado rápido para entenderlo. Dio un paso más cerca. Ariana luchó contra el impulso de retroceder. Su poder la presionaba, fuerte pero controlado.

—Estás sola —dijo.

—Sí.

—¿Sin protección?

—Sí.

Él miró más allá de ella, escaneando el bosque como si esperara que el peligro apareciera en cualquier momento. Cuando volvió a mirarla, su expresión era más fría.

—Esta tierra no es amable con los débiles —dijo Damian.

Las palabras dolieron porque eran verdad.

—No estoy pidiendo amabilidad —respondió Ariana antes de poder detenerse—. Solo tiempo. Me iré en cuanto pueda.

Sus ojos se agudizaron ante su desafío. El silencio se volvió denso y tenso. Ariana se preparó para otro rechazo, para ser expulsada o algo peor.

En cambio, Damian dijo algo que no esperaba.

—Vendrás conmigo.

Ariana levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué?

—Estás herida —continuó, mirando sus brazos raspados y su ropa desgarrada—. Y estás en mi territorio. No permito que lobos desconocidos deambulen libremente.

El miedo y la confusión se mezclaron en su interior.

—No quiero problemas.

—Yo tampoco —respondió él—. Pero los problemas encuentran a los desprotegidos.

Ella dudó. Confiar no era fácil después de todo lo que había vivido. Pero quedarse sola en el bosque era una muerte segura.

Lentamente, Ariana asintió.

Damian se dio la vuelta y comenzó a caminar, claramente esperando que ella lo siguiera. Tras un momento, lo hizo.

Mientras avanzaban más profundo en el bosque, Ariana lo sintió otra vez. Un tirón extraño en su pecho, débil pero innegable. Le dio más miedo que el rechazo.

Aún no lo sabía, pero cruzar al territorio de Alpha Damian Volkova no había sido un error.

Era el comienzo de un destino del que nunca había estado destinada a escapar.

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