—¡Si!— Gritó Daniel del otro lado viendo con emoción la escena. Fue el único que habló, los demás parecían estatuas inertes. No fue hasta segundos que parecieron una eternidad, que los aplausos y halagos no se hicieron esperar. El rostro de la rubia palideció, entonces el peso de lo ocurrido llegó a mis hombros.
Solo tenía una preocupación en mente.
«Espero que ella no me mate está noche».
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— ¡Esto está mal!, Esta mal, está mal, no puedo creer que lo hiciera. ¿En qué diablos