Abrí los ojos con sorpresa ¡Que imbécil!
Empecé a buscar el aula. Mis padres habían informado mi situación con el director, de está forma me tocarían aulas en la parte baja y no tendría que subir escalones.
—Por fin— encontré el salón. El pelinegro tenía razón, la profesora aún no llegaba. La puerta fue abierta por una chica bajita un poco regordeta.
—Oh déjame ayudarte— antes de poder decirle que no hacía falta, ya estaba empujando mi silla. Una vez más fui el centro de atención.
—¿Dónde qui