El hombre desaliñado llegó sorprendentemente rápido. En cuanto apareció, Sherrie no dejó de lanzarle miradas desesperadas, esperando con todas sus fuerzas que la ayudara. Que llamara a la policía. Que hiciera algo.
Por más desesperadamente que intentó comunicarse con los ojos, el hombre no mostró ninguna reacción, como si ni siquiera hubiera notado su súplica.
Ni siquiera dedicó una segunda mirada al cuchillo presionado contra su rostro.
Con un cigarrillo colgando de la comisura de los labios,