Los días en la casa de campo se arrastraban como una tortura silenciosa. Por más que Cristina intentaba apartar a Miguel de sus pensamientos, no lo conseguía. Era una lucha agotadora: todavía quedaba amor, un amor necio que se resistía a morir, pero ahora estaba irremediablemente mezclado con una rabia sorda, una profunda decepción y una tristeza que parecía no darle tregua ni siquiera para respirar.
Se despertaba cada mañana con una opresión en el pecho, con una sensación de vacío tan grande q