La mesa del comedor era lo bastante larga como para haber dividido un país.
Elara se detuvo en la entrada y la observó. Doce sillas a cada lado, todas perfectamente alineadas, todas de la misma altura, todas vacías excepto las dos más cercanas, donde Alessandro había preparado el desayuno con la precisión característica de un hombre que había decidido que incluso la domesticidad contractual debía manejarse con estándares.
Platos blancos y café negro.
Una cesta de tostadas mantenidas calientes,